Escrito por Tendenzias

Consumir el amor sin amor: huyendo de las emociones

Quiérete, quiéreme. Se dice y se escribe rápido. Suena francamente bien. Parece un ideal en toda relación pero ¿es así?

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Vivimos en una sociedad en la que todas las necesidades están cubiertas, salvo las afectivas, las cuáles nos hemos acostumbrado a llenar y rellenar con objetos que no nos sacian, aunque nos mantienen ocupados. Objetos y rellenos que evitan que nos preguntemos qué estamos haciendo, que nos mantienen en la dinámica del comprar y comprar, usar y tirar, sin poder reflexionar que esta metodología la estamos llevando a todas nuestras formas de vida.

¿No os resuena un poco con las relaciones de pareja?

Cuán difícil se ha convertido ahora ponerle palabras a las situaciones que nos ocurren “estoy con alguien pero no es mi novio, no tenemos una relación pero hemos quedado en no estar con nadie más, pero no es un compromiso“. Qué gran complejidad poder ponerle nombre a los sentimientos y aceptarlos por sí mismos, por lo que son, por lo que nos hacen ser.

Parece que esta sociedad prefiere mantenerse en la muralla de las emociones, observando lo que hay al otro lado pero sin dejarse influenciar por ello. Mirar y no ser visto. Amar pero negarlo hasta lo incansable, porque eso implica un riesgo demasiado alto para aquel que teme no poder ser amado por quien es, por quien dice ser, por quien quiere ser.

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Ahora, para poder tener un compromiso con una persona, primero hay que conocerla profundamente, catarla y ver si es compatible físicamente. En algún momento, el término emocional entrará en juego pero, probablemente, antes de que se establezca un vínculo que proporcione un compromiso como la palabra “noviazgo, novio o novia”, se producirá la consecuente ruptura para volver a empezar de cero.

Rebajar al otro, justificando el final de la no-relación, a que no era suficiente o no me daba lo que quería, no estábamos en la misma línea del renglón y es mejor decir adiós antes de tiempo que poner el corazón en juego.

Así, también nos aseguramos que siempre nuestro corazón se mantendrá intacto, sin abolladuras ni cicatrices, sin historias tristes que contar. Ni si quiera se llega a la fase de enamoramiento, sólo se mantiene la expectación hasta que las emociones confluyen y fluyen por doquier, una clara señal de que hay que abandonar el barco antes de sumergirse en un torrente de posibles deseos cumplidos.

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Hablamos del amor en lenguajes tan distintos que parece que ya no estamos hablando de lo mismo que hablaba Pablo Neruda o Vicente Aleixandre. Parece que la palabra “amor” ahora se nombra pero no se vive, no se siente, se busca pero se evita cuando se presenta, se ansía pero cada uno encuentra la excusa perfecta para no poder adentrarse en ella.

Nuestras historias y conflictos perduran en nosotros mismos. Las relaciones de pareja siempre han entrañado una maraña de toques de atención  que si pudiéramos preguntarnos cada uno qué estamos haciendo o qué ha ocurrido en la misma, podríamos continuar generándonos preguntas que nos llevarían a respuestas que probablemente dolerían, pero nos devolverían a una vida cargada de más deseo y menos goce.

Las nuevas relaciones de pareja son mero consumo: se buscan tallas, alturas, modas, vestuario, pelos, curriculums… Se compra, sólo por una temporada, aquel que parece lo idóneo para uno pero que asegura que se marchará o nos permitirá marcharnos en cuanto se acerque al filo del corazón.

Usar y tirar. Amar sin amar.

Hay un nuevo paradigma y una nueva forma de conjugar este verbo, de consumir el amor.

depsicologia.com

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