Escrito por Tendenzias

El silencio en la terapia psicológica

En este artículo os vamos a hablar del silencio del paciente como del silencio del psicólogo, para que que podamos reflexionar sobre cada uno de ellos, sus efectos y dificultades.

¿Qué significa el silencio?

Los silencios nunca están vacíos de significado ni sentido, tenemos que escucharlos constantemente.

El silencio en la terapia resulta tan valioso como la pronunciación de las palabras adecuadas. El silencio no significa que uno no sepa lo que le ocurre al paciente o que no sepa qué palabras pronunciar, el silencio es la espera y el espacio para que él emprenda ese camino con nosotros al lado.

Cuando el paciente se queda callado hay que permitirle sus silencios y sus espacios pero eso no implica que dejemos de escucharle en esos silencios, porque los gestos nos hablan, su expresión corporal e incluso en qué momento se ha quedado en silencio nos puede dar pistas de qué es lo que puede estar en su cabeza.

Un silencio es el momento en el que el paciente intenta entender lo que piensa sobre lo que él ha pronunciado o lo que ha dicho su terapeuta. Intenta escuchar y reescuchar lo dicho, desentrañar qué es lo que siente o intenta elaborarlo consigo mismo para poder llegar a las palabras que necesita pronunciar. A veces, un silencio no es más que un espacio de tiempo en el que el paciente intenta armarse de valor para decir lo que aún no ha sido dicho.

Pero, también tenemos que pensar en qué significa el silencio en el psicólogo y cuáles son sus efectos para el paciente.

¿Cómo vive el paciente el silencio del terapeuta?

Me he dado cuenta de que en sus silencios yo sigo pensando. No pienso sólo en la consulta, cuando estoy tumbada sobre el diván, pienso incluso después, horas, días o semanas más tarde. Vuelvo sobre ese momento de silencio tras algo que he dicho y mi cabeza comienza a conectar los puntos que se quedaron en el aire hasta comprender por mí misma qué palabras había escritas en ese silencio. Y entonces, lo entiendo. Me entiendo.

Cada paciente puede vivir de una manera diferente los silencios, interpretarlos subjetivamente y utilizarlos de una u otra forma.

Es importante que como profesionales estemos atentos a los efectos que producen nuestros silencios pues, como citamos en la descripción anterior, pueden vivirse sin angustia y como un espacio en el que uno sienta que se le permite la oportunidad de elaborar y reelaborar por sí mismo algo que el analista le devuelve con su silencio, o puede vivirse con una angustia desbordante pues se pueden generar fantasías de todo tipo: mi psicólogo no tiene ni idea, mi psicólogo no me escucha, no le parezco interesante o no le parecen interesantes las cosas que digo, etc.

Por ello, no podemos olvidarnos de que los silencios que hacemos tienen que tener un significado y un fin. Es importante valorar cómo afectan los silencios a cada paciente y cuáles son los efectos que le produce, ya que puede no responder como uno piensa o no tienen el efecto deseado.

No se trata de mantenerse siempre en silencio, de una forma rígida e inexpresiva; tampoco se trata de rellenar los silencios del paciente de forma constante, hay que hacer un silencio en el momento en el que se corresponde.

Si no escuchamos al paciente en sus silencios y en sus palabras, si no le escuchamos en la globalidad de qué es lo que nos está demandando, podemos encontrarnos ante una interrupción del tratamiento por algo que se nos ha estado escapando.

El silencio desde el psicoanálisis

El silencio tiene muchos significados y podemos encontrarnos ante muchos tipos de silencios que tendremos que aprender a escuchar, a entender e interpretar en cada momento.

El silencio en el paciente

Por ello, no podemos decir que los silencios estén vacíos, más bien están cargados. Tal como decía Nasio, no es lo mismo un silencio crónico que efímero, porque no es lo mismo un silencio de resistencia que de apertura a lo inconsciente. Parafraseándole, hay “un momento en que las palabras se detienen”, “es distinto del silencio de una pausa“.

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El significado del silencio dependerá de cada individuo y de su historia, de los elementos que se estén trabajando en el análisis como en el momento de la cura en el que se encuentren.

Todo es subjetivo del paciente pero podemos pensar a grandes rasgos que el silencio como resistencia puede surgir cuando las palabras se detienen ante la imposibilidad de aceptar un algo que le muestra el analista o la dificultad de aceptar lo acontecido. El paciente puede sentir que le faltan las palabras, que se ha quedado bloqueado o con la mente en blanco.

Esto no implica que siempre que el paciente esté en silencio esté mostrando una resistencia. Los silencios también significan elaboración por parte del paciente de lo acontecido durante la sesión, un intento de comprender y comprenderse, de reestructurar lo que va surgiendo en su mente para poder llevarlo a las palabras compartidas con el analista.

El silencio en el analista

Es fundamental escuchar al paciente pero sin olvidarse de tener una oreja puesta hacia uno mismo para evitar posibles acting, pues el analista sigue siendo humano con una vida que, por más que esté analizada, sigue estando en movimiento.

Los silencios que hace el analista también pueden tener diferentes significados:

  • El silencio de apertura del inconsciente es un espacio que crea el analista para que pueda surgir lo inconsciente, alguna representación o asociación que elabore el paciente y que permita profundizar aún más en dirección a la cura.
  • El silencio de cierre, donde se puede manifestar una resistencia que proviene del analista hacia algo que ha surgido en el análisis del paciente y que puede provocar un acting del analista.

El primer silencio es del que venimos hablando a lo largo de todo el artículo, de ofrecer un espacio y un tiempo al paciente para que pueda elaborar y pensar. No se le va a dejar eternamente en silencio, pasado un tiempo se le invita a compartir qué es lo que está pensando o qué es lo que le ha surgido el tema que estaban tratando.

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En cuanto al segundo silencio es fundamental que el analista pueda preguntarse qué es lo que le ha ocurrido y trabajarlo en su propio análisis, llevarlo a una supervisión o procurar entederlo para que no llegue al acting.

Cuando hablamos de acting – burdamente hablando – es que el analista ha perdido la objetividad y la distancia, algo de su propia vida ha entrado en conflicto durante un momento con eso que estaba hablando el paciente y se produciría un acting si lo actúa. Por ejemplo, interpretar algo que diga un paciente desde sus emociones en lugar de interpretarlo en función del paciente.

Las dificultades del silencio para el psicólogo

En el momento en el que los psicólogos comenzamos nuestra andadura profesional, nos encontramos con silencios que nos generan más angustia de la que uno se imaginaba.

En la carrera universitaria uno ha estudiado la importancia del silencio, de cederle un espacio y tiempo al paciente durante la sesión pero, cuando uno comienza a trabajar y se encuentra ante los silencios, son las fantasías y los temores propios los que pueden hacer que al psicólogo le resulte difícil mantenerse en silencio, y más difícil resistir la tentación de rellenar esos vacíos con palabras a destiempo.

¿Es fácil quedarse en silencio? No, a veces nos sentimos en la obligación de cumplir con una demanda que sentimos que nos hace el paciente de hablar, de decirle, de contestarle algo. Otras es nuestra propia angustia a las fantasías que puedan provocar en nosotros mismos el silencio o las que puedan surgir en el paciente “mi psicólogo no sabe qué decirme“.

Sin embargo, el silencio no está vacío, está cargado de palabras que no se pronuncian.

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