Escrito por Tendenzias

El afecto en la infancia: Apego, hospitalismo y marasmo

Cómo se establecen los primeros vínculos amorosos en la infancia – con la familia y el entorno- pueden ser determinantes en cómo se relacionará dicho individuo a lo largo de su vida, con el mundo y con los otros.

Apego afecto infancia

El afecto en la infancia: Teoría del apego

El psicoanalista Bowlby estudió en profundidad el desarrollo del vínculo entre el bebé y sus primeros objetos (madre, padre u otros) y las consecuencias del mismo, lo que le llevó a formular la tan conocida teoría del apego. Años más tarde, Mary Ainsworth continuaría describiendo las diferentes formas de apego.

La teoría del apego habla sobre el vínculo emocional que establece el recién nacido con su figura de apego (padre, madre o cuidador). Describe cómo el bebé genera determinadas respuestas que estarían dirigidas a poder afianzar ese vínculo con el otro y a asegurarse su propia supervivencia a través de las sonrisas reflejas, el llanto o el balbuceo, que hacen que el adulto le preste atención.

Generalmente, ese primer vínculo de apego es con la madre o con quien haga de función materna (alimentación, higiene, consuelo, acunarlo para dormir, quitarle los gases, etc.). Y se puede ver cuándo se ha establecido el apego cuando el bebé protesta cuando es separado de dicha figura.

Apego

“Un niño que sabe que su figura de apego es accesible y sensible a sus demandas les da un fuerte y penetrante sentimiento de seguridad, y la alimenta a valorar y continuar la relación” (John Bowlby).

Después, con los estudios realizados de Ainsworth, se puede ver cómo hay diferentes tipos de apego –apego seguro, apego inseguro-evitativo y apego inseguro-ambivalente-  y, en función de cómo sea ese vínculo, así se relacionará con el mundo y tendrá una percepción diferente de sí mismo.

La sensibilidad de los padres para percibir las necesidades afectivas de los niños, la predisposición a mantener contacto físico con ellos y cuidarles va a ser fundamental para que se pueda establecer un apego que le permita relacionarse con el mundo de una manera saludable.

El afecto en la infancia: Síndrome del hospitalismo

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René Spitz describiría este síndrome después de estudiar el desarrollo psicoafectivo de 100 niños que vivían en un orfanato, durante la II Guerra Mundial. El síndrome del hospitalismo aparecería en niños que son internados durante un tiempo prolongado en una institución sanitaria u hospicio sin la posibilidad del afecto materno.

A pesar de estar bien cuidados aparecieron síntomas comunes que le llevó a definir el síndrome del hospitalismo como “el conjunto de las perturbaciones somáticas y psíquicas provocadas en los niños -durante los 18 primeros meses de la vida- por la permanencia prolongada en una institución hospitalaria, donde se encuentran completamente privados de su madre“.

Es decir, en el momento en el que los niños no tenían la posibilidad de establecer un lazo afectivo con su madre, comenzaban a aparecer dificultades en su desarrollo emocional e incluso físico. Uno podría pensar que un profesional podría cumplir esa función maternal pero, al final, sería una tirita que aporta algo pero no lo suficiente pues no deja de ser una atención puntual y no prolongada.

Este psicoanalista llegaría a afirmar que las consecuencias de este síndrome podría derivar en unos efectos duraderos a largo plazo e incluso irreversible, pudiendo derivar en marasmo y la muerte. Pero, también cómo si se reiniciaba el contacto con la madre o aparecía un sustituto lo suficientemente bueno, se podría salir de ese letargo emocional.

Después de sus estudios la hospitalización infantil sufrió grandes reformas.

El afecto en la infancia: Marasmo

Apego marasmo

Hace no tantos años, y puede que en algunos lugares todavía ocurra, los bebés y niños que vivían en instituciones no recibían ningún tipo de afecto.

Lo que se consideraba bueno y necesario para sus vidas es que a esos bebés no les faltara alimento y estuvieran bien aseados, por lo que esas necesidades básicas estaban cubiertas pero, un gran pero que podemos ver hoy día, es que no se permitía establecer ningún lazo afectivo.

A estos bebés no se les cogía en brazos, ni se les tocaba de una manera afectuosa ni se les hablaba. Es decir, vivían con una vida absolutamente vacía de afectos, no tenían la oportunidad de crear ningún tipo de vínculo afectivo y comenzaban a aparecer síntomas como: retardo del desarrollo corporal, retardo de la habilidad manual, dificultades de adaptación al medio ambiente, retraso del lenguaje, poca maduración intelectual, disminución de la resistencia a las enfermedades, llanto continuo y desesperanza. Después, si el afecto sigue negado, aparece interrupción del llanto, permanencia de largo tiempo con ojos inexpresivos, indiferencia por el entorno, extrema pasividad, no reactividad a estímulos, sueño constante y adelgazamiento notorio y puede llevar al niño a dejarse morir.

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A pesar de estar sanos físicamente, de tener cubiertas todas las necesidades físicas pero no las emocionales, los niños morían.

Apego afecto infancia resiliencia

Sin restarle importancia a todo lo anteriormente mencionado y terminar este artículo con mejor sabor de boca, no nos olvidemos de la resiliencia.

El psicoanalista Boris Cyrulnik afirmaba, en su libro El amor que nos cura, que no estaría todo perdido para esos niños que no han podido establecer unos vínculos sanos y seguros, pues en la adolescencia habría una segunda oportunidad para reescribir las marcas que dejan los primeros amores (con los padres) con otros nuevos amores como el de los amigos, la pareja, entre otros, para poder crear una base distinta sobre la que construir su adultez.

depsicologia.com

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