La importancia de la palabra y el poder pensar

Estamos en un tiempo en que la palabra ha quedado devaluada. Uno puede decir y deshacer lo dicho como si careciese de importancia. Los padres pueden poner una norma a sus hijos y saltársela ellos mismos ¿Qué valor le darán ellos a la palabra o a la norma? Muchas parejas se rigen por pensamientos mágicos del tipo “tendría que saberlo, me ha visto la cara” en lugar de poder expresar con palabras sus sentimientos, sus deseos o preocupaciones.

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De igual forma, parece que estamos en un tiempo en el que el pensamiento ha quedado relegado a espacios inexistentes. Personas que caminan por la vida sin saber por dónde, que no se cuestionan ni el mundo ni sus decisiones ni lo que desean ni lo que sienten ni por qué enferman.

Generalmente, llegados a este último punto en el que la enfermedad aparece, ya sea física o emocional, suele aparecer alguna pregunta acerca de su malestar “¿Por qué me está pasando esto?“. Aún así no nos engañemos, muchas enfermedades físicas relacionadas con las emociones (psicosomática) suelen generar reacciones muy defensivas ante el origen del sufrimiento, ya que parece inadmisible poder llegar a pensar que un conflicto psíquico puede derivar en tanto malestar. Lo típico “¿Pero tanto poder tiene la mente para que me pase esto?”

Solo tenemos que mirar hacia dentro, o alrededor, para comprobar que estamos en una sociedad que corre hacia delante sin construir en el presente, que no se cuestiona, que no se pregunta acerca de lo que quiere o cómo lo quiere o cómo le hacen sentir las cosas. En muchas situaciones no se le da un espacio ni valor a la ansiedad, al estrés, la tristeza, a la melancolía, a la apatía, al miedo,a la inseguridad, a la baja autoestima, a los fracasos, la dificultad para relacionarse, a poder amar de una manera sana… Todo esto se mete debajo de la alfombra y si no lo veo no existe, no está, no duele. O, en esos momentos en los que duele, la pastilla viene a sustituir la palabra y todas las llamadas de atención de una psique enferma se mitigan bajo algo que la calma, no la cura, pero podrá seguir viviendo sin pensar un ratito más.

Lo que suele suceder es que llega un hecho, una situación que a uno le enfrenta con todo lo que no ha querido ver. Alguien, algo, un trabajo, puede ser la semilla para generarse una pregunta para la que no se tenga respuesta y aparece un malestar lo suficientemente fuerte para que decida buscar un profesional que le que le “arranque” eso que le duele, que alguien se haga cargo de su dolor, lo que traduciremos a que alguien le ayude a ir encontrando y construyendo palabras para llegar a hacerse cargo de su propio malestar.

Estamos en una sociedad donde es común escuchar “la verdad es que no me pienso“, “no me lo había planteado nunca”, “no sé muy bien lo que quiero, supongo que… Pero no sé” Vivir por inercia.

Parece que la palabra y el pensamiento han quedado devaluados en estos años pero que aún así continúa siendo necesario para el ser humano poder seguir imprimiendo de palabras las relaciones, los trabajos, la vida, la familia, a uno mismo.

La palabra esa que nos define, que nos subjetiviza, que nos hace únicos, que nos da un lugar en el mundo. La palabra que es la que nos sana, la que nos limita, nos da un espacio y un contexto, nos une y nos separa, nos da la oportunidad de crecer.

A pesar de que estemos en un tiempo en el que lo social invita a la acción sin pensamiento, al placer inmediato, el malestar psíquico y el bienestar general nos impele a darle el lugar propio a la palabra y al pensamiento, a mantenerlo en nuestro día a día, a buscar espacios para poder aprender a escucharnos, conocernos y continuar viviendo sin tantas cargas.

De este modo, para muchas personas la terapia se acaba convirtiendo en un lugar donde uno aprende a escucharse y a escuchar, a pensarse y a pensar.

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