¿Cuáles son las consecuencias de la sobreprotección de los hijos?

El efecto de la palabra, de las acciones o de los pensamientos de unos padres acerca de su hijo tienen una gran relevancia sobre cómo este hijo se ve, se siente, se percibe y se relaciona con el mundo. En este artículo reflexionaremos acerca de cuáles son las consecuencias de la sobreprotección de los hijos.

Un hijo existe incluso antes de que haya sido engendrado. En la mente de cada progenitor, antes incluso de que lo sean, ya existe una fantasía acerca de cómo será su hijo, a qué se dedicará, en qué se le parecerá o a quién le recordará, etcétera. Todo esto son las bases que ya se encuentran establecidas antes del primer encuentro con el recién nacido y que, sin darse cuenta, también van a formar parte de la relación con él en todo su recorrido vital.

Por ello es importante tener en cuenta que tan importantes son las palabras que se dirigen a un hijo, como la actitud, los hechos y todo aquello que se transmite incluso sin darse cuenta.

¿Qué es la sobreprotección? Ejemplos

Si la RAE define proteger como «1. resguardar a una persona, animal o cosa de un perjuicio o peligro, poniéndole algo encima, rodeándolo, etc. 2. amparar, favorecer, defender a alguien o algo», podríamos traducir el termino sobreproteger como una protección excesiva ante un perjuicio o peligro que en lo real es inexistente o no tiene tanta repercusión desde un punto de vista objetivo.

Por tanto, cuando hablamos de sobreproteger a los hijos, una de las posibles maneras de traducirlo sería hacer referencia a padres que -por su historia personal- tienen un desmedido temor a que sus retoños puedan padecer algún mal y esto les lleva a dar unas respuestas excesivas que dificultan el crecimiento seguro del niño.

Por ejemplo, ante la tarea de realizar un trabajo manual, el progenitor se encarga de hacerlo después de ver lo que ha hecho su hijo para que nadie pueda reírse de él; no se trata de lo que ha hecho el niño sea incorrecto, probablemente es propio de su edad y está perfecto, pero el padre puede hacerlo mejor y cree que le avergonzarán, como en algún momento se pudo sentir él así.

Habría muchos otros posibles orígenes de la sobreprotección de los hijos, como el sentimiento de culpabilidad. Un ejemplo podría ser padres con largas jornadas laborales o que en su primera infancia no estuvieron tan presentes y, en la actualidad, no dejan que los hijos desempeñen tareas propias de su edad, que les permite tener más responsabilidad, para intentar paliar algo que ya fue y no es.

Por ejemplo, hijos adolescentes que todavía su madre les sigue haciendo la cama y la habitación para que ellos no tengan que encargarse. No es que ellos no quieran hacerlo, es que ella no les deja encargarse.

Como mencionábamos anteriormente, la sobreprotección también surge de cómo uno ve a su hijo. La forma en que miramos no solo puede estar cargada de la realidad si no que también puede provenir de las expectativas que teníamos y tenemos, de los temores, de la historia personal, de las profecías… Y eso, aunque un hijo no tenga nada que ver con ello, se le pone encima como si se tratase de un velo y, entonces, no se le puede ver.

Por ejemplo, una niña de 7 años que su madre considera altamente torpe, en la escuela se encarga de cargar una bandeja con una taza de agua para su profesora. Tiene que hacer un buen recorrido y puede hacerlo sin problemas, atenta pero segura. En casa, la frase recurrente de «ten cuidado, que lo vas a tirar» siempre se convierte en una profecía que ha de cumplir.

Estar constantemente sobre un hijo también da lugar a la sobreprotección. Adelantarse a todas sus necesidades incluso antes de que surjan, cubrir todos sus deseos sin que pueda vivir las maravillosas ventajas que aporta un poquito de frustración en la vida y el aburrimiento. Si un padre acapara a su hijo, no tiene otros proyectos ni ilusiones propios que vayan más allá de su descendencia, también hablaremos de una perturbación para crecer.

Consecuencias de la sobreprotección

¿Qué es lo que sucede en todos los ejemplos que hemos señalado anteriormente? Que se está impidiendo el crecimiento de cada uno de ellos, la adquisición de la autonomía y responsabilidad correspondiente a su edad, lo que se traduce en falta de seguridad y confianza en sí mismos.

En otras palabras, podemos encontrarnos niños que no alcanzan los hitos madurativos para su edad: no comen solos, no se visten solos, se vuelven pasivos, no se desarrolla su curiosidad y, por tanto, sus ganas de saber (lo que puede derivar en problemas académicos), hay que estar detrás de ellos todo el rato para que hagan algo, etc.

Crecen con una visión de sí mismos que es muy pobre. Se pueden ver como torpes, inútiles, incapaces, que todo lo hacen mal… Y, desde ahí, difícilmente alguien quiere probar algo nuevo o va a tener las herramientas necesarias para poder resolver un problema y no huir de él.

No toleran bien la frustración. La frustración, acorde a la edad, es más que necesaria en esta vida. Un niño no lo puede tener todo, en el momento que quiera y porque lo quiera él. Antes o después se va a enfrentar a esto en cualquier escenario de su vida más allá del familiar, como en la escuela, donde tendrá que compartir sus juguetes, compartir la atención y el cariño del maestro/a, donde nada es «ya».

También se les transmite que el mundo está lleno de peligros, por lo que han de tener miedo y protegerse. Aquí pueden aparecer miedos muy intensos, fobias, terrores nocturnos. Ejemplos más cotidianos son los niños que les cuesta separarse de sus padres, que se angustian cuando dejan de verles, que les cuesta socializar o iniciarse en actividades nuevas. El mundo está lleno de riesgos y es mejor no separarse del adulto.

Darle alas

Y, con esto, no se trata de decir que hay buenos y malos padres, es que ser padre y madre es complicado porque todos estamos atravesados por nuestra propia historia, la que determina cómo nos movemos en el mundo y cómo nos relacionamos.

No sobreproteger no es desear el mal a los hijos, no atenderles y desampararles. Es poder darles alas para que puedan aprender a volar, que viene a ser lo mismo que prepararse uno como padres para verles crecer y que eso les lleve cada vez un poquito más lejos: los primeros pasos, la escuela infantil, el cole, el grupo de amigos de la adolescencia, los primeros amores…

Es animarles a descubrir las pequeñas y grandes cosas de la vida, a experimentar y conocer a otros niños y niñas de edades similares, que puedan vivirlo como algo divertido y gratificante. Que puedan tener ciertas responsabilidades y obligaciones acordes a su edad, porque sin palabras se le dice «yo sé que tú puedes y confío en ti».

Transmitirles que para conseguir las cosas es importante esforzarse, que nada viene dado ni regalado. Enseñarle que no todo es «ya», que hay cosas que se pueden conseguir al instante y otras cosas que se consiguen con el tiempo. ¡Y qué satisfacción va a tener cuando consigue las cosas por sí mismo después de esforzarse!

Es importante que también pueda tener espacios donde pueda ser creativo, ya sea en actividades fuera de casa como espacios de juego personal. Estar o jugar un ratito solo no es terrible, le ayudará a preguntarse qué es lo que quiere hacer, a inventarse cosas en lo real o en la fantasía, a saber que puede estar solo y no pasa nada… Lo que le hará sentirse más seguro e independiente. Igualmente, aburrirse es la llave de la creatividad, no hace falta llenarle la agenda de cosas.

La crianza y educación de un niño determinará quién sea en el futuro.

Consultar con un profesional a tiempo

Para aquellos papás que hayáis empezado a notar que vuestro hijo muestra algún síntoma que os preocupa: tiene problemas severos con la comida, terrores nocturnos, fobias, pataletas recurrentes o gritos, si no sabe manejar su angustia, una excesiva timidez, si está muy inhibido, somatizaciones recurrentes, incapacidad de jugar, dificultad para socializar… Es importante consultar con un profesional para evitar que se agrave (con el tiempo las cosas no desaparecen, mutan) y favorecer que pueda crecer bien.

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