Las consecuencias de poner etiquetas diagnósticas a todo

Las etiquetas diagnósticas pueden ser un peligro cuando comenzamos a usarlas de forma excesiva y exagerada, cuando las personas las utilizan para definirse así mismas y dejan de pensarse o, como muestran los últimos estudios, las personas pueden quedarse atrapadas en el diagnóstico y no ir más allá de la etiqueta. Las etiquetas y diagnósticos […]

Las etiquetas diagnósticas pueden ser un peligro cuando comenzamos a usarlas de forma excesiva y exagerada, cuando las personas las utilizan para definirse así mismas y dejan de pensarse o, como muestran los últimos estudios, las personas pueden quedarse atrapadas en el diagnóstico y no ir más allá de la etiqueta.

Las etiquetas y diagnósticos en psiquiatría

Llevo unos meses leyendo artículos sobre psicología con nuevas etiquetas diagnósticas que intentan definir a una población en vez de a una persona, una etiqueta que se queda en lo superficial sin ahondar en qué les ocurre, en quiénes son, en por qué les pasa lo que les pasa.

Las etiquetas diagnósticas no tendrían por qué resultar un problema si se usaran en un ambiente clínico pero, internet ofrece a cualquier tipo de lector un conocimiento sobre diferentes trastornos mentales que le llevan a señalar todas las posibles enfermedades que podría tener, por lo que se convierte en una búsqueda de descubrir quién es y qué es lo que le ocurre a través de un listado de aspectos que definen a una población, no a su persona.

Se van creando etiquetas diagnósticas con este fin de diagnosticar cualquier cosa que le pueda ocurrir a una persona, sin detenernos a pensar que este sujeto es mucho más que el síntoma que le provoca sufrimiento, que habrá que ver por qué ha desembocado en dicho síntoma y no en otro, que hay que darle la oportunidad de hablar y hablar para descubrir qué trae en su discurso.
Como esa preciosa cebolla a la que vamos quitándole capas, con suavidad para no romper ninguna y a un ritmo tranquilo, para no ir más rápido de lo que ella misma podría.

Aún así, esta necesidad de etiquetarlo todo, de poner diagnósticos hasta al miedo al color rojo, me lleva a preguntarme dónde queda la subjetividad del sujeto, donde está la posibilidad de ser uno mismo cuando lo único que promueve es que todos se igualen dentro de un nombre que sólo define una capa, no una esencia; que sólo define una forma de sufrir pero no el verdadero sufrimiento que le lleva a nuestra consulta.

Por otra parte, no podemos olvidarnos del estigma que crea en la persona y de cómo puede ajustarse inconscientemente a la descripción que se realiza de una determinada etiqueta. Se obstaculiza así mismo el poder pensar qué es lo que le ocurre y todo queda definido por «tengo depresión o estoy en depresión»; pierda la capacidad de preguntarse porque ha hallado una respuesta que, aunque débil, le vale para definirse.
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¿Son necesarios unos criterios para poder diagnosticar a un paciente? Muchos consideran que es una realidad necesaria y útil, también para poder entenderse entre profesionales, pero tal vez de lo que se esté tratando últimamente es de poder hacer un cambio en la excesiva patologización de los pacientes, como si todo sufrimiento fuese una enfermedad mental, cuando no lo es.

Consecuencias de las etiquetas diagnósticas – Estudios

Recientemente (julio 2019) se ha publicado en la revista Psychiatry Research el estudio «Heterogeneity in psychiatric diagnostic classification» (Heterogeneidad en la clasificación diagnóstica psiquiátrica), en el cual se trata de la controversia entre la teoría y la práctica psiquiátrica, proponiendo que el enfoque biomédico para diagnosticar -basados en el CIE o el DSM- no está cumpliendo su función.

A la par, la Organización Mental Health Europe, también en julio de 2019, ha presentado su «Guía breve de diagnóstico psiquiátrico» donde exponen también sus dudas sobre el modelo biomédico y con el que pretenden fomentar este importante debate sobre los diagnósticos, las etiquetas y favorecer la comprensión a los pacientes y sus familiares.

Ambos tratan de mostrar la dificultad de diagnosticar en base a unos síntomas que pueden aparecer en distintas categorías diagnósticas, por lo que puede ocurrir que haya pacientes que cuenten con varios diagnósticos diferentes. A su vez, también mencionan que es un método en el que uno puede quedarse atrapado en una visión muy médica, dificultando el escuchar y tratar lo que origina la angustia que padece dicha persona (lo personal, lo social, lo cultural, etc.).

Para terminar este apartado, un debate que ha de seguir surgiendo entre profesionales, os citamos a la doctora de cabecera Ann Robinson (julio 2019) en su artículo «Las etiquetas en salud mental pueden ser inútiles, por eso el diagnóstico es solo un punto de partida» para The Guardian y disponible en Eldiario.es: «Está claro que el diagnóstico es sólo un punto de partida para comenzar un plan de acción aceptable para el paciente y para el médico (…) Un diagnóstico es una introducción de una sola palabra que no se debe confundir con la historia del paciente. Los médicos, los pacientes y las familias pueden distraerse con las etiquetas y olvidarse de ir más allá. Nadie es un «diabético», un «esquizofrénico» o un «maníaco-depresivo». Todos lo sabemos pero se olvida fácilmente. Tal vez Kinderman y sus acompañantes hayan exagerado, pero su advertencia es un correctivo útil para nuestro enfoque hípermedicalizado».

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