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-     Escrito por angeles

¿Cuándo ir al psicólogo?

En determinados momentos de la vida nos encontramos ante situaciones que no sabemos cómo resolver y nuestras emociones nos sobrepasan. A veces, nuestros conocidos nos lo aconsejan y otros intentan quitarnos la idea de la cabeza porque…

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¿Al psicólogo sólo van los locos?

A veces, cuando estamos dentro del mundo de la psicología se nos olvida lo complicado que resulta para un paciente dar el primer paso y pedir ayuda psicológica.

A pesar de que hemos avanzado muchísimo en la desmitificación del papel del psicólogo, todavía sigue arraigada la asociación entre la psicología y estar loco, un miedo que sigue persistiendo porque tan importante nos resulta la percepción que tenemos sobre nosotros mismos como lo que opinen las personas de nuestro alrededor.

Cuándo ir al psicólogo: Respuestas

No hay normas establecidas sobre en qué momento uno debe acudir a un psicólogo, pero si quiero compartir con vosotros algunas sugerencias que me parecen importantes:

La razón principal por la que cualquier persona debería de acudir a terapia, la más básica, es que no se encuentre a gusto consigo misma, ya sea por una cuestión física o de carácter emocional. Tener un buen autoestima es el pilar fundamental para una vida plena porque el amor hacia uno mismo, sin referirnos a extremos, permite que otros puedan amarnos y que nosotros podamos amar a su vez, nos permite no engancharnos a los malos momentos de los demás, a diferenciar cuando el error es nuestro o lo han cometido los demás, nos permite respetarnos y cuidarnos.

Desde mi opinión, hay una gran diferencia entre vivir y sobrevivir. Hay días malos en los que uno pierde las ganas de continuar, se cansa de la vida y el ajetreo, pero sólo son días malos. En el momento en que esto se convierta en algo constante y dejemos de disfrutar de la vida, tenemos que preguntarnos qué es lo que nos está ocurriendo.

Si sientes que cada vez te cuesta más salir, que estás triste, apático y la incomprensión es una constante en tu vida. Te cuesta levantarte de la cama y cumplir con tus obligaciones, no te apetece comer ni asearte.

Cuando los miedos te limitan a hacer cosas que te gustarían, que te impiden disfrutar. Miedos como a hablar en público, a salir a la calle, un miedo irracional a que pase algo, a estar en un sitio cerrado, a los animales, al otro sexo, etc.

Si necesitas tener todo controlado y eso te obsesiona. Si necesitas que todo esté perfectamente impoluto y no puedes dejar de limpiar o cualquier mancha o estropicio te causa verdadero estrés aunque no sea en tu propia casa. Si tienes miedo a contagiarte de alguna enfermedad o en seguida piensas que te has puesto enfermo y no dejas de visitar a tu médico.

Si necesitas hacer conductas repetitivas y poco comunes para poder hacer una determinada acción (salir de casa, dormir, tener un buen día…) como comprobar demasiadas veces si has cerrado bien la puerta, dar vueltas alrededor del coche para ver si lo has cerrado bien, colocar la ropa de una determinada manera, no pisar las rayas de las baldosas, etc.

Si crees que has perdido el control con una determinada sustancia: tabaco, el alcohol, drogas… Incluso puede ocurrirte con la alimentación cuando combates los nervios con atracones y por el lado contrario, cuando dejas de comer porque te ves demasiado gordo/a o intentas vomitar para adelgazar. 

Si te has dado cuenta de que últimamente estás demasiado irascible o ante cualquier comentario no puedes dejar de llorar, si empiezas a sentir que todo va de mal en peor y ves la vida de color negro.

Si tienes problemas para conciliar el sueño, para concentrarte en tu trabajo o en tus estudios, problemas para comunicarte y hacerte respetar, problemas para decir “no” y defender tu forma de pensar, dificultades para relacionarte con otras personas ya sean de tu mismo género o no.

Si tienes dificultades sexuales desde impotencia a que no puedes dejar de tener compulsivamente relaciones sexuales con cualquier persona, lo desees o no. Falta de deseo sexual, imposibilidad de gozar en tus relaciones, miedo al sexo o dolor que puede estar relacionado con algo emocional.

Si necesitas causarte daño porque te sientes culpable o porque te ayuda a calmar los nervios, si te has cansado de vivir y fantaseas con tu propio suicidio.

Las experiencias infantiles “traumáticas” (abuso sexual infantil, maltrato infantil, violencia doméstica…) suelen dejar secuelas que a veces pueden resultar imperceptibles a simple vista pero que se manifiestan tarde o temprano, ya sea en la forma de relacionarse con amigos o parejas, en situaciones de intimidad, etc.

Si de forma constante tus relaciones personales (de amistad o de pareja) terminan de una determinada manera o se repite el mismo patrón (infidelidad, malos tratos…) tienes que preguntarte qué es lo que ocurre porque eres tú quién escoge a esas personas.

Cuando muere un familiar o hay una ruptura de pareja se pasa por un duelo para llorar esa pérdida, pero si este duelo se prolonga en el tiempo y con esa pérdida se pierden las ganas de vivir es necesario aprender a sanar esa herida para continuar.

Estas son algunas de las razones que pueden ayudarte a ver cuándo debes de acudir a un psicólogo pero la verdad es que hay muchas más como querer conocerse a uno mismo, desarrollar determinadas habilidades, ser más feliz contigo mismo, una necesidad de autoconocimiento, etc.

¿Qué otras razones te parecen importantes para buscar ayuda u orientación psicológica?

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