¿Afectan los problemas de pareja a los hijos?

Los problemas de pareja pueden afectar a los hijos, de la misma forma que hay parejas que pueden verse resentidas por los problemas de los hijos. Con este artículo queremos abrir un espacio de reflexión conjunto, sobre cosas que a veces pasan y no nos damos cuenta, sobre historias de hijos que repetimos como padres y no nos damos cuenta, al igual que algunas cosas de cosecha propia que también es importante pararse a reflexionar.

Influencia de los problemas de pareja a los hijos

Partamos de lo más básico para adentrarnos, poco a poco, en lo más profundo. Todas las personas tenemos nuestra propia historia, nuestros conflictos o dificultades, algunos los trabajan y otros los tienen enquistados o ni si quiera perciben sus dificultades ni que se le ponen en juego. Si a esto le sumamos la convivencia con una pareja que también tiene su propia historia y sus complejidades, si le añadimos además todo lo que implica para cada uno la paternidad y maternidad (qué tipo de madre o padre quiero ser, qué padre y madre tuve, qué hijo fui, qué quiero que mi hijo sea frente al hijo que tengo…), tenemos ante nosotros un caldo de cultivo de todo tipo de experiencias vitales que influyen en cada uno, en la dinámica familiar, en la vida de pareja y en la crianza.

Teniendo esto en cuenta podemos responder a la pregunta que nos ha traído hasta aquí, ¿afectan los problemas de pareja a los hijos?, que por supuesto que pueden afectar. El entorno familiar en el que crece un niño es clave en su desarrollo, tanto que la estabilidad familiar está intrincada con la estabilidad emocional del menor. ¿Esto implica que no se puede tener discusiones de pareja? No, no se trata de que haya que meter todos los problemas debajo de la alfombra y hacer como si nada, entre otras cosas porque al final saldrán todos juntos y en el peor momento, si no que hay que tratar de entender y comprender qué es lo que está sucediendo a nivel de pareja para poder encontrar la manera de que no sea un problema insalvable. ¿Implica entonces que uno no se puede divorciar? Claramente puede haber un divorcio y que cada uno de sus progenitores siga ejerciendo sanamente sus funciones.

Los problemas ¿tienen soluciones?

Frecuentemente, los niños se ponen muy nerviosos cuando los padres discuten. Suele aparecer el temor a perder a sus padres, se cuestionan qué es lo que les pasa y si ellos habrán sido los culpables de la discusión que están teniendo. Aparece la preocupación, puede que también haya momentos de ansiedad, sentimientos de culpa aunque sea irracional y es posible que les cueste concentrarse en los deberes.

Cuando se trata de situaciones conflictivas muy prolongadas, o recurrentes, hay niños que tienden a aislarse, esconderse o que intentan buscar siempre una alternativa para no estar en casa y evitar presenciar o escuchar lo que temen.

Cuando llega la racha buena en la pareja o cuando encuentran la solución al problema o ya se les ha pasado el mosqueo aunque no se haya solucionado nada, es casi perceptible el alivio que sienten los niños. Vuelven a dormir mejor, sonríen más, están más relajados y parecen más felices.

No todo es lo que se dice

Tan importante es lo que se dice, como cómo se dice. No hace falta gritar ni insultarse para decir de mala manera las cosas, no hace falta agredirse ni física ni verbalmente como para saber que no está habiendo un buen trato con el parterneaire. Los niños también lo perciben, al igual que lo hacemos los adultos, cuando hay tensión en el ambiente, miradas que hablan por sí solas, la manera en la que se dirige uno a otro la palabra o la ausencia de la misma.

Una de las grandes dificultades de este lenguaje no verbal es que muchas veces uno no es capaz de ver cómo está hablando, cómo está mirando o cómo está gestionando su propia frustración, enfado o rabia. Es importante parar y observarse, o esperarse un poquito para hablar las cosas.

Más allá de la pareja conyugal, una pareja de padres

De forma general, los padres -al igual que sus educadores en la escuela- intentan enseñar a los niños a poder gestionar entre ellos las diferencias que tienen con los demás o los conflictos que surgen de la convivencia en el aula, de una manera resolutiva que vaya más allá del en fado, del empujón o de los insultos.

Se les intenta enseñar a que pueden opinar diferente y eso no es nada terrible, si no que las diferencias pueden sumar. Que de dos opiniones distintas también se puede conseguir un acuerdo, una opinión conjunta e integrativa sin que uno tenga que perderse en el camino, o una manera de colaborar juntos que haga que las diferencias sumen y no resten. Como en los trabajos del cole, que tienen que aprender a trabajar en equipo, los padres también tienen que aprender a diferenciar entre los problemas de la pareja conyugal y su funcionamiento como pareja de padres.

Por ello, también es importante no desautorizar al otro padre delante del niño. No puede ser que uno ponga una norma y el otro la infrinja, o que se le castigue y el otro le levante el castigo. Ejemplo: progenitor 1: «si no haces tus deberes, hoy no sales»; progenitor 2 tras que el hijo haya ido a quejarse del progenitor 1: «anda, abrígate y vuelve antes de las diez». ¿Qué se le está transmitiendo al niño?

Ser congruentes

Y qué bonito es educar en lo que uno considera que es lo adecuado y lo deseable para su hijo, cuando muchas veces como pareja de padres resulta muy difícil ser congruente con los valores que uno intenta inculcar. Y esto es un aspecto importante. Lo ideal es que uno pueda ser congruente y que si marca una ley o norma para su hijo, uno también se adscriba a ella puesto que uno como adulto -y más como padre o madre- es un modelo a seguir y las incongruencias las captan al vuelo.

Al igual, que uno tiene que ser congruente consigo mismo ante un hijo. Por ejemplo, «te he dicho terminantemente que no puedes fumar» y al día siguiente regalarle una pitillera porque «total, lo va a hacer igual». De nuevo, ¿qué se le está transmitiendo al niño?

Los problemas de la pareja no son de los hijos

Hay padres o madres que repiten la historia que han vivido con sus propios progenitores con sus hijos «yo era el confidente de mi p/madre desde que era bien pequeño y estaba tan contento de ocupar ese lugar tan especial». O que reproducen sus propios conflictos internos sin darse cuenta, poner al hijo a su favor para ser el elegido o el bueno de la película, o que parezca que el hijo no va a poder volar nunca del nido porque «si tú también me dejas ¿qué será de mí?».

Los hijos no son consejeros matrimoniales, ni tampoco amigos de los padres, ni pueden ser los oyentes de las confidencias o del malestar de la pareja, o de lo bien o mal que van las relaciones en la cama, o que hay otra persona en la pareja, o mensajeros entre ambos o pañuelos de lágrimas, o el escudo ante una pelea o utilizarlos de metralla en una discusión de pareja o en un divorcio. Los hijos no pueden ser el sostén de una pareja ni el sostén emocional de ninguno de los miembros de la misma. Los hijos, con independencia de la edad, no ocupan ninguno de estos cargos.

Problemas de pareja ¿qué podemos hacer?

Uno de los aspectos más importantes en cualquier relación de pareja es la comunicación, poder hablar las cosas en un ámbito tranquilo y de una forma que no sea agresiva, sino que sea un tender puentes al otro para llegar a un punto común. Sé que no siempre es una cuestión sencilla ni asequible, por lo que cuando esto no se da es fundamental buscar la ayuda de un profesional que facilite ese encuentro, que permita escuchar y escucharse, que ayude a entender qué es lo que está pasando entre ambos.

Cuando son problemas de pareja que sentís resolubles, buscad espacios donde no estén los niños presentes. No se trata de encerrarse en la cocina y hablar bajito mientras están estudiando en la habitación contigua, en la medida de lo posible, es un espacio donde uno pueda hablar cómodo sin el temor a tener un espectador.

Es fundamental y primordial proteger a los niños de los problemas conyugales, de las hostilidades que a veces pueden generarse. Un ambiente de paz les ayuda a crecer seguros de sí mismos y de su entorno. No se trata de ser súper padres ni súper madres, se trata de intentar hacerlo lo mejor posible dentro de nuestra propia humanidad.

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