Padres – La alegría y el dolor de que los hijos crezcan

Todos sabemos que los hijos crecen, que es necesario que se desarrollen físicamente y que maduren emocionalmente, pero eso no quiere decir que no provoque cierta ambigüedad este hecho, que incluso haya mamás y papás que puedan pasarlo un poquito mal cuando los niños crecen y se separan.   Etapas: los hijos crecen, se separan […]

Todos sabemos que los hijos crecen, que es necesario que se desarrollen físicamente y que maduren emocionalmente, pero eso no quiere decir que no provoque cierta ambigüedad este hecho, que incluso haya mamás y papás que puedan pasarlo un poquito mal cuando los niños crecen y se separan.

Etapas: los hijos crecen, se separan

Hijos crecen dificultades padres

Si lo pensamos detenidamente, desde los inicios de la vida comienzan las separaciones de los padres. Para nacer tenemos que separarnos del cuerpo de la madre; uno es expulsado de la seguridad del útero a un lugar inhóspito, lleno de necesidades desconocidas que generan angustia en el bebé.

A la vez que se estrecha el vínculo con los padres, éste va cambiando a lo largo de los meses, se producen nuevas separaciones, como puede ser el destete, el gateo o el caminar. Éstos últimos son momentos en los que el bebé, alimentado por su deseo de saber y descubrir que hay más a parte de papá y mamá, es capaz de alejarse un poquito gateando o caminando, pero siempre teniéndolos como un puerto seguro al que regresar.

Otras separaciones que nos sirven de ejemplo es el momento de ir a la guardería y al colegio. Tanto padres como pequeños viven con cierta angustia los primeros días, las primeras separaciones largas; para ello, se llevan a cabo los tiempos de adaptación y se permite que lleven los primeros días a clase ese objeto especial para ellos (objeto transicional) que les da tranquilidad.

Y llega el momento de la pubertad y la adolescencia, un tiempo en el que comienzan a producirse las rupturas más sonoras, las distancias que hacen tambalear tanto al hijo como a los padres. Como hemos hablado en artículos anteriores, la adolescencia se trata de un tiempo muy complejo y necesario para su maduración. Llega el momento de diferenciarse de los padres, de encontrarse a uno mismo, de hacerse preguntas existenciales que le permitan poder ir construyendo quién es como persona y hacia dónde quiere encaminarse.

Es un tiempo crítico para muchísimos padres, pues tendrán que enfrentarse a que su hijo ya no es el bebé ni el niño, si no una persona que está buscando su propio camino. Son tiempos donde se reclama la intimidad y la privacidad, donde la confianza puede permanecer pero también crecen los silencios porque ya no cuentan de la misma forma. Son tiempos donde aparecen parejas o amigos que sacan de ese lugar «especial» a los padres, comienzan a querer salir y pasar tiempo únicamente con ellos. Su propia imagen comienza a tener mayor relevancia, puesto que quieren gustar y gustarse; la sexualidad aparece fuertemente y con ello los cambios físicos tan pronunciados que acompañan otras alteraciones. También son tiempos en los que pueden estar más retadores y demandantes, donde pelearán por salirse con la suya hasta parecer que las cosas más nimias pueden llegar a ser un drama.

Los hijos crecen para salir al mundo, todos somos conscientes de ello, pero uno no siempre está preparado para ese proceso. ¿Eso quiere decir que uno es un mal padre o una mala madre? No. Quiere decir que tiene un sabor agridulce y que hay papás a los que les puede costar un poquito más ciertas etapas, que puede haber llanto y tristeza, incluso mucha confusión. Son momentos en los que muchos padres deciden acudir al psicólogo para consultar por los adolescentes y muchas veces también por sí mismos.

¿Es buena señal cierta rebeldía púber o adolescente?

Duelo hijos crecen

Hemos hablado anteriormente de la normalidad estadística, de los pasos más frecuentes de esas separaciones que hacen que se aproximen al mundo pero esa salida al mundo pasa por separarse de papá y mamá, para lo que uno no siempre está preparado, ni hijos, ni padres.

Hace tiempo escuché «ten un hijo, no un marido, porque un hijo se queda contigo para toda la vida«. Habría que contextualizar esta frase pero, para no hacer demasiado extenso este artículo iré al grano de la reflexión que se estaba poniendo en juego. ¿Se tienen hijos para que madres-padres no estén solos, para que se queden completándolos a uno toda la vida o un hijo ha de salir al mundo a construir su propia historia más allá de los padres?

Un hijo que se queda alienado a su madre y no puede separarse emocionalmente de ella ¿Qué tipo de vida puede tener? ¿Tendrá opciones de construir una vida propia, es decir, podrá desear algo distinto que su madre? La separación que todo ser humano necesita hacer se juega en lo psíquico, no en lo físico. Separarse es diferenciarse, lo que implica que es la posibilidad de ser: ser uno mismo, ser diferente aunque luego resulte parecido, ser. La adolescencia es el puro reflejo de esta circunstancia, pues es el momento en el que los padres sienten que sus hijos se han vuelto unos desconocidos rebeldes, con los que les cuentan conectar, como si se hubieran vuelto raros, como si hablasen un lenguaje completamente distinto.

El «duelo» de que los hijos crezcan

Padres hijos crecen

Una mamá recientemente decía «Ya no es mi niña y me duele, me duele mucho, pero mucho, mucho, mucho. Es que es mi niña (con un gran énfasis en el mi), lo ha sido todo para mí y de repente me aleja, no me cuenta ya las cosas y antes me lo contaba todo, me he esforzado mucho para que tenga buena confianza conmigo y ahora nada, no me cuenta nada de lo que le pasa. Y tiene novio ¡Y es tan pequeña! Ahora quiere salir también con las amigas, no quiere que le dé besos como antes ni que la coja de la mano por la calle. Se pasa el tiempo encerrada en su habitación, está horas en el baño mirándose, peinándose, siempre con todo detalle. No ha salido a mí, eso está claro. Cuando está en casa está con el teléfono y ya no está conmigo, todo el día hablando por la maquinita del demonio. A veces ni la reconozco y qué humor cuando se le dice algo, ya siento que no le puedo decir nada porque parezco el enemigo.»

Es una descripción tan pura, tan concreta y sencilla de ese paso por la adolescencia, del duelo al que esta mamá se enfrenta porque su niña ya no es suya, ya no es niña, ya no se asemeja a ella misma sino que se busca así misma, construir quién es ella, como si el espejo del baño le pudiese estar devolviendo un reflejo nuevo, diferente al que ha podido construir (tan necesariamente) a través de la mirada de mamá en las etapas anteriores.

Pero ojo, en este fragmento podemos ver cómo esta mamá se está pudiendo enfrentar a ese duelo, a los cambios de su niña, la está permitiendo salir al mundo aunque sea con dolor y, por supuesto, colocando todos los límites necesarios para que esa adolescente pueda salir al mundo sabiéndose contenida y cuidada, aunque a día de hoy pueda sentirlo como que todo lo hacen para molestarla.

A su vez, continuemos con este ejemplo. Podríamos aventurarnos a pensar que esta niña ha podido llegar a la adolescencia y hacer estas separaciones porque también ha podido ir haciendo todas las anteriores. Ha habido unos padres que le han dado contención pero también la posibilidad de explorar y separarse, que han podido sostener sus propios miedos y dificultades, que han podido ir aceptando las separaciones porque un hijo no es para su madre, un hijo es para la vida.

Cuando un hijo es para su madre, hablamos de situaciones en las que podría darse una protección desmesurada, tanta que podría darle miedo o sufrir mucho por alejarse de los padres, vivir la vida como algo hostil, tener dificultades para relacionarse y tener amigos, o incluso para el aprendizaje. Entre tantas otras posibilidades, siempre teniendo en cuenta que mencionamos generalidades y aquí no nos podemos ceñir a lo subjetivo.

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Una madre que siente que su hijo es para ella, es una mamá a la que le puede costar mucho verle crecer, explorar, separarse. Son aspectos que se alejan puramente de la consciencia pero que tienen como consecuencia hijos a los que les cuesta constituirse como sujetos, como personas distintas a sus progenitores, que puedan descubrir su camino frente al que sienten impuesto.

Reiteramos el mensaje anterior ¿Es normal el sabor agridulce de ver crecer a los hijos? Ciertamente pero, cuando ya no es agridulce, cuando genera un gran sufrimiento e impide la vida familiar o la personal, si produce un desequilibrio, es importante consultar con un psicólogo.

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