¿Por qué me tomo todo a pecho?

Lo más frecuente es que cuando uno se siente cuestionado o criticado, aunque la intención de la otra persona no sea la de emitir un juicio o una crítica ni hacer daño, pueden aparecer respuestas defensivas, sentirse menospreciado o insultado, agredido, y aparece el enfado, el insulto o incluso el fin de la relación. Esto puede dificultar en gran medida todas las relaciones (pareja, familia, amigos, trabajo) y, además, genera mucho sufrimiento en aquel que siente que todo se lo toma a pecho o de forma personal.

No soy yo, son los otros

Generalmente, en el principio de toda historia está la certeza de «no soy yo, son los otros«. Un poco más desarrollado sería algo así como: no soy el que está confundido, no soy el que se lo toma mal si no que me está atacando, no soy yo, es él (o ella). Por supuesto, esto no se da con una única persona o una vez en la vida, si no que si uno echa la vista atrás se encuentra con que esto le sucede con frecuencia.

Cuando uno se rige por este principio o certeza nos encontramos ante alguien que puede parecer especialmente sensible a la crítica, que todo se lo toma muy a personal o, como comúnmente se dice, se lo toma a pecho. Dicho con otras palabras, todo aquello que le diga otra persona que no esté en la línea de lo que él espera escuchar, que no le devuelva en espejo la imagen que tiene de sí mismo, es vivido como una agresión. Pero, podríamos preguntarnos ¿es una agresión?

Como estamos hablando del mundo emocional de un supuesto sujeto diremos que no se trata de que haya una intención de agresión (que puede haberla), si no que hablamos de cómo vive subjetivamente -donde no entra la lógica, ni la razón, ni la justificación- ese hecho y sí, puede vivirlo como un daño terrible aunque para una persona externa pueda ser una respuesta absolutamente desproporcionada.

Los que ya me habéis leído en anteriores artículos recordaréis que siempre hay que ver el caso por caso y que en artículos como éste solo planteo algo general, y sesgado, para poder plantear algo para pensar. Con esto ya aclarado podemos retomar la pregunta ¿por qué me lo tomo todo a pecho? o ¿por qué se toma a mal cualquier cosa que le digo?

¿Por qué me lo tomo todo a pecho?

Si hablamos de «no soy yo, son los otros», ese Yo siempre está ubicado en el lado de quien tiene razón, quien nunca se equivoca, quien lo hace todo perfecto, quien lo puede todo, quien lo sabe todo, quien es el mejor en todo aquello que se proponga, quien es imprescindible, quien es maravilloso, quien es… Podríamos seguir y seguir. Sea consciente o no de ello esta persona, más allá de lo que pueda decir de sí mismo con palabras, si esto se da así, nos encontramos con que tiene una imagen grandiosa de sí mismo que, en el momento en el que es cuestionada, lo vive con un gran dolor y pesar, como una agresión.

Probablemente, puede vivir con gran frecuencia la sensación de presión de tener que demostrar que es todo eso (anterior párrafo) que siente que ha de ser para ser merecedor de amor. Lo tiene que tener todo y poder todo para verse como alguien valeroso, potente, interesante. Y, cuando llega la crítica o el cuestionamiento, porque no hay ser humano que lo pueda todo ni lo tenga todo, puede sentir que la burbuja se le pincha y se desestabiliza. Para que se dé esto, no hace falta que sea un comentario a mala uva o que sea personal, depende de cada persona y cómo esté construido emocionalmente, las cosas con menos importancia ya pueden provocar todo esto.

Pongamos un par de ejemplos. Recibir un «no» a una propuesta de plan realizada a unos amigos y vivirlo como si fuese una tragedia, un desprecio personal. Las respuestas pueden ser muchas «o se hace lo que yo quiero, o no voy»; va a la quedada pero está todo el rato diciendo (reprochando) que su plan era mejor; busca llamar la atención todo el rato o ser protagonista ante su vivencia de desprecio por el no recibido, etc. Otro ejemplo que vaya más allá de las palabras que uno puede recibir pero que nos señalaría la confrontación con esta imagen grandiosa de uno  mismo: perder en un juego de mesa y no querer volver a jugar más, ponerse de morros y tener deseos de marcharse del lugar o forzar que se haga otra cosa.

Entonces, con todo esto que hemos propuesto en el artículo, podríamos decir que esta sensación de que uno se lo toma todo a pecho o de forma personal tiene que ver con la visión que tiene de sí mismo, la exigencia y la imposibilidad de renunciar a una imagen de perfección de la que incluso puede no ser consciente. «O lo hago todo perfecto o no valgo para nada». Es lo que en otros círculos se habla como inseguridad, problemas de autoestima y este tipo de síntomas tan habituales en el día a día.

¿Hay que consultar con un psicólogo? Sin duda. El nivel de sufrimiento que genera es elevado y, como decía al principio del artículo, puede interferir en todas las relaciones personales y laborales.

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